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El terapeuta requiere una adecuada presencia ante el paciente para que éste se sienta en compañía de un “profesional capaz de brindarle el apoyo que necesita”. El terapeuta necesita un tono de voz adecuado; es decir, que no sea tan bajo que sea inaudible y denote inseguridad, o tan alto que distraiga o confunda durante el proceso. Es importante que el paciente se sienta escuchado, comprendido y bien atendido durante la sesión.

La distancia física necesaria entre paciente y terapeuta, es aquella donde la persona no se sienta agobiada por la cercanía o abandonada por la lejanía. Una buena distancia física entre ambos le permite al terapeuta observar de forma integral al paciente. Asimismo, conviene una buena postura corporal en el terapeuta para que transmita seguridad al paciente, teniendo la cabeza recta, con los hombros firmes, manteniendo el contacto visual y con una postura abierta al encuentro que denote interés y compromiso.

Es conveniente que el terapeuta no formule preguntas aisladas sin ningún propósito bien definido, y que busque un punto de referencia que permita centrar al paciente en su self. Consigue esto dirigiendo la atención del paciente hacia su cuerpo, atendiendo sus sensaciones, fomentando la expresión de sentimientos, lo que siente, dónde lo siente, cómo lo siente, qué es lo que le dice dicha sensación y en qué otros momentos de su vida se ha sentido de la misma manera.

Con un buen nivel de empatía el terapeuta puede manejar los silencios de forma adecuada,  sin interrumpir el flujo de conciencia del paciente, o en todo caso, interrumpiendo el silencio si este es estéril.

Durante la sesión de trabajo se forma una figura  con la que se pueda trabajar de forma clara y didáctica. Entre más clara y definida sea la figura, esta es más sencilla de asimilar. Si se atienden varias figuras a la vez, es más confuso su procesamiento.

Sergio Iván Montoya C. y  Oscar Prettel B.

 

 

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